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Dear FutureMe,
Hoy hace cuatro meses que está con nosotros. Su risa suena como un cascabel pequeño, recién estrenado, y a veces me parece que alegra hasta el aire de la casa. Es listo, y sus ojos —no lo sé— cambian como el agua: unas veces azules, otras verdes, según la luz y según mi cansancio.
Cada vez me duele menos el tiempo que le doy; o quizá no es dolor: quizá es una renuncia suave que se vuelve entendimiento. Cada vez lo entiendo mejor, como se entiende una música que al principio no sabíamos tararear.
Terminé el máster, y aun así, a ratos me siento desamparada, como si hubiese cerrado una puerta y al otro lado no hubiera todavía habitación. La semana que viene visitamos la guardería. Y el lunes —mira qué cosa tan doméstica y tan humana— me depilaré por primera vez en años, como si con ese gesto también intentara volver a mí.
Me han añadido a un chat de la promoción del 99, cuando yo soy del 98. No sé de dónde sacó mi número el loco de Valentín; nos dejamos de hablar. Pero aquello fue hace tanto que ya no sé si me extraña o me da una ternura rara, como si la vida sacara del cajón papeles viejos para recordarme que sigo siendo la misma, y otra. Cristina está en el mismo chat.
He empezado a invertir en Equito.
Y esta es mi vida este mes: buscar trabajo nuevo mientras el mundo se enciende, como si empezara una tercera guerra mundial, y aquí, en lo pequeño, una risa de cascabel sigue sosteniéndolo todo.
Besos
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