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Dear FutureMe,
Quiero dejar dicho, antes que nada, que Joaquín es un amor. Hay en él pequeñas crisis de crecimiento, como nubes que pasan, pero también aprendizajes tan hondos que me llenan de orgullo. Basta que roce su abejita con la manita para que el mundo se me vuelva claro y nada pueda detenerme. Yo, además, sigo muy cuidada.
La historia es sencilla y temblorosa, como las cosas importantes. A Joaquín le tocaban las vacunas. Facebook, que todo lo sabe, me ofrecía anuncios antivacunas: bebés entubados, salas frías, un miedo enseñado a gritos. Nunca dudé en vacunarle; aun así, el miedo entró igual, callado, como entra el frío.
La enfermera dijo que era precioso. Sí, lo es. Me habló de dos pinchazos, uno en cada piernita, y me advirtió que el segundo dolería más. Y así fue. Después hubo que quedarse diez minutos en la clínica, por si el cuerpo decía algo extraño. Joaquín sólo se calmó cuando le canté y bailé con él un poco La verbena de la Paloma: «¿Dónde vas con mantón de Manila…». Ni siquiera el pecho, que antes le había ofrecido, logró detener el llanto. Primero lloró de dolor; luego, de algo más hondo: quizá indignación, o esa vulnerabilidad desnuda que tienen los bebés. Me miraba como si yo hubiera fallado, por un instante, en mi oficio de protegerlo, porque dejé que pasara. Dos veces. Cuando terminaron el canto y el baile, también se habían cumplido los diez minutos, y al salir, al cesar la música, volvió el llanto.
Es terrible ver llorar a tu hijo mientras en la cabeza desfilan imágenes que no son tuyas. Luego aparecieron las pequeñas chapitas coloradas en sus mejillas de la reacción mínima. No hubo fiebre, pero le quité la ropa, como me dijo la enfermera, por si el cuerpo necesitaba arder un poco y seguir.
Al día siguiente estuvo muy mimoso. No quería que lo dejara en el carro ni en la cuna. Él, que no suele pedir demasiados brazos, los pidió todos.
Y pasó. Como pasan las cosas que duelen y enseñan.
Besos.
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