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Confieso que he llorado muchas noches,
-las lágrimas se derraman mejor
cuanta más oscuridad haya-
he llorado acordándome de chicos de las que no recuerdo nombre
pero sí dirección, sentimientos, planes de futuro
e historias que perfilamos juntos.
Qué hubiese pasado
si hubiera seguido desabrochando el mismo cinturón,
si hubiera seguido durmiendo en cierta almohada,
descorchando la entrepierna exacta,
provocando una risa idéntica a la de distinto día,
qué hubiese pasado si no me hubiera ido de vidas
de las que no me echaron.
Es inevitable pensar en la felicidad
cuando te ha abandonado.
Es algo así como un síndrome de Estocolmo
pero al contrario.
Esta vez no contaré nada sobre ti.
O tal vez sí.
Porque se da la insólita coincidencia de que no lloro
por nuestras noches compartidas.
Hasta para estas cosas eres el reverso
de cómo solía ser.
Yo no me he ido en esta ocasión
y tú no te has marchado,
aún dándote motivos, maletas y la libertad
de quien no tiene jaula bajo los pies.
Dejándonos la puerta abierta
hemos preferido cerrarla.
Es sencillo de entender el porqué:
llegas y te llevas los días en los que fracasé.
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